Crítica al nacionalismo

[...] los espíritus libres tienen una función que cumplir, la de derribar todas las barreras que se opongan a una "fusión de los hombres": religiones, estados, instintos monárquicos, "ilusiones sobre la riqueza y la pobreza", prejuicios de raza, [...].

 

                                             Friederich Nietzsche, Escritos póstumos.

 

El nacionalismo surge a partir del siglo XVIII, como un deseo de autores románticos, como Goethe, de unir en un Estado los hombres y las fórmulas culturales compartidas en una determinada región. Pero no hay peor enemigo para la cultura que el mismo Estado. El concepto de nación es un artificio creado con el pretexto de alienar al individuo y transformarlo en masa. El naconalismo asesina todo auténtico interés por los objetos trascendentes del espíritu humano. ¡Qué empobrecimiento cuando la cultura deja de ocuparse de estos asuntos y sólo se ciñe en construir y argumentar un Estado cultural! Bien decia Nietzsche que entre cultura y Estado sólo existe antagonismo. Observemos las grandes culturas pretéritas, la ática por poner un ejemplo, donde el sentido de cultura bien lejos estuvo de toda concepción política que pudiera menoscabarla.  

 

El patetismo nacionalista lo vemos hoy en la cultura catalana. Nunca antes había estado tan cerca de las puertas de la decadencia, y no es por otra cosa que por abrigarse del nacionalismo que envuelve la atmósfera parlamentaria catalana, deseosa de romper sus lazos con el Estado español. El nacionalismo es la mayor enfermedad contra toda cultura, la tiñe de sinrazón y de neurosis. El nacionalismo, lejos de ser una teoría científica es una religión, aunque más exacerbado que el culto a un dios. No es de extrañar que compare nacionalismo y religión, pues no excita más a la ignominia nada reflexiva que las cosas que no existen: dios y nación.

 

Las naciones no existen. Existen los territorios y los hombres que las habitan, pero estos humanos pueden ser de distinta raza o lengua. El mal del nacionalismo es que invierten estos términos y consideran la existencia de una identidad metafísica, la nación, que no es más que la consecuencia de la unión mística entre un determinado territorio y una cultura específica. La población que viste esta nación viene después. Como realmente no hay una unión trascendente tienen que inventar leyendas para poder meterla con calzador dentro de la nación que se han inventado. Pero las naciones nunca han existido, ni durante el Imperio romano, ni durante el medioevo ni en el siglo XXI. El nacionalismo no es más que una religión fundamentalista.

 

Un claro ejemplo bien reciente del daño del nacionalismo lo encontramos en la disolución mortal de la extinta Yugoslavia. Aunque mejor será hablar del fin del Imperio Austro-Húngaro, pues Karl-Popper, vienés de cuna, escribió durante el estallido de la Segunda Gran Guerra "La sociedad abierta y sus enemigos", donde deja bien explícitas las heridas que causa el nacionalismo. Popper nació en un estado plurinacional, como algunos definen a España, en la que se integraban con armonía, germanos, húngaros y judíos, entre otras etnias. Pero al final de la primera contienda mundial y con la disolución del imperio austro-húngaro tuvo que abandonar la república austriaca cada vez más enferma de nacionalismo alemán e integrarse en la que el llamaba cultura abierta del mundo de habla inglesa. Popper fue un cosmopolita, pero con una firme adhesión patriótica a la sociedad mundial. Siempre sintió horror ante toda ideología nacionalista, no sólo hacia el totalitarismo de Hitler o Mussolini, sino también hacia el sionismo, aparentemente justificado: "La idea de que existen unidades naturales como las naciones, o los grupos linguísticos y raciales, es enteramente ficticia. El intento de ver el estado como una unidad natural conduce al principio del estado nacional, y a las ficciones románticas del nacionalismo, el racialismo y el tribialismo". Popper condenó taxativamente la idea de que las naciones, los estados, las clases sociales eran algo más que modelos interpretativos de fenómenos sociales. Exhortó a desarmar la creencia en la realidad metafísica de la nación, lo sagrado de la lengua nacional y lo permanente de la identidad racial.

Desmontando la fe

A modo de aclaración del anterior post redacto el siguiente.

 

 

Es habitual en la historia de la humanidad encontrarse ante personas de todos los estratos sociales e intelectuales que han renunciado a la búsqueda de la verdad y se han hospedado bajo la sombra de las creencias religiosas. A nivel racional es más cómodo priorizar la fe que la veracidad crítica, pues no requiere el uso de la razón. Pero, la obediencia ciega a la fe no conduce más que a la perdición del ser humano. La fe no es ninguna ala con la cual el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. La fe, si es algo, es mentira de autoengaño, es pura convicción, y la convicción es antagónica a la verdad. La fe es la peor enfermedad que puede padecer el hombre, la historia es rica en ejemplos de quienes han defendido ideologías con exaltada actitud defendiéndolas a perpetuidad incluso sabiendo que han sido refutadas: ahí tenemos el cristianismo, el nacionalsocialismo y el comunismo.

 

Ante los distintos credos cabe el respeto, pero no así la tolerancia. A la verdad sólo se llega mediante el conocimiento racional y el sincero juicio. Hay que someter ante el tribunal de la razón las continuas convicciones, porque dejarse llevar por las creencias sólo puede conducir a la perdición. Una mente que deja de actuar como un espíritu libre y se viste con el yugo esclavizador de los credos puede llegar al error de difamar la razón, única ala por la cual podemos dirigirnos a la contemplación de la verdad, fin último del ser humano. Siempre hay que usar la razón, aunque sea una dificultosa travesia por tenebrosos desiertos, pero jamás proclamar el credo quia absurdum de Tertuliano. Si no encontramos respuesta a nuestras incertidumbres no dirijamos la mirada a las religiones, sigamos con el debate intelectual, después del dificultoso peregrinar llega siempre el destino (el lugar al que nos dirigíamos).

 

La fe es la esclavizadora del espíritu libre. Se adueña de nuestras operaciones principales, amar y conocer, y nos obliga a permanecer fieles a los errores del credo que insensatamente podamos confesar. Hemos de ser atrevidos, descubrir que ningún credo es dogmático. Sí, hay que refutar la fe, incluso diría más: apostatar. La fe es la enfermedad más terrible que puede padecer la persona humana. Cuando más poder se confiere a la fe, menos importancia se da a la razón, entonces dejamos de pensar y divinizamos la autoridad del jerarca de la religión que hemos abrazado. El creyente es una persona enferma. Ante una encíclica mil veces refutada, el creyente considerará siempre que es verdadera.

 

El creyente sólo vive por la seguridad que le confiere la fe. Es más sencillo creerse la mentira que comparte con el ganado fiel, que adentrarse en la dificultosa aventura de conocer la verdad. Al contrario que el creyente, el filósofo honesto, no dobla sus rodillas ante ninguna ideología, sino que sólo abraza el conocimiento y dedica su vida entera con absoluto rigor a la búsqueda de la verdad.

 

Vuelvo a manifestar que no hay mayor mentira que la fe. Nadie con juicio puede sostener que la fe es el requisito indispensable para la salvación. La salvación de las religiones es ilusoria, nada tiene de científica, aceptarla es poner la vida entera en manos de una carta tapada. Nada en esta vida nos asegura nuestra destinación, sino que sólo cabe conocer y concer, y tal vez así, llegemos a la verdad de todo.

 

El camino de la verdad es el más arduo de recorrer, no obstante no andamos como los ciegos creyentes en el metafórico recorrido de la fe. La verdad nos muestra su precepto, empírico siempre, y es el de otorgar a toda proposición el grado de crédito que esté justificado por la probabilidad que deriva de las pruebas que conocemos. 

 

La fe es irracionalidad, es la firme creencia en algo que no es evidente y su defensa ciega ha llevado y lleva a errores que todos bien conocemos. Donde hay evidencia nadie habla de fe. Nadie habla de la fe en la teoría de la relatividad o de que la tierra es ovalada. La fe no puede ser defendida racionalmente, por eso quienes la defienden sólo pueden levantar los tribunales de la inquisición.

 

En conclusión sólo cabe decir que la fe es falta de rectitud intelectual, causada por la inquietud de vivir en la inseguridad y por la disposición en el hombre de querer descansar sobre suelo firme, territorio que regalan las creencias. Sí, ciertamente que la fe ofrece felicidad, de no ser así no habría fe, pero es una fe exigua al no ser veraz, sino simplemente emocional y, por tanto, irracional. 

Amor a la máxima verdad

La verdad debe ser el objeto de toda filosofía. ¿Qué es la verdad? Todo aquello ante lo que nuestro pensamiento no alberga ni un ápice de duda, pero principalmente aquello que queremos antes que cualquier otra cosa. Para alcanzar la verdad filosófica es menester la presencia continua de la sinceridad racional y negar todos aquellos valores que la oscurecen.Todo hombre que se precie y que busque con amor el sentido de su existencia descubrirá que sólo mediante el análisis racional se progesa en la ardua tarea de conocer y amar la verdad.

 

Para ser auténticos portadores de la verdad debemos exigirnos el máximo rigor intelectual y desprendernos de la ligereza de las religiones, pues no ofrecen, ni podrán hacerlo, la garantía de abanzar hacia la consecución de la verdad, sino que se quedan en un campo menor, el de la figuración.

 

¿Qué camino hay que recorrer en la búsqueda de la verdad? Muchos pensadores han abierto veredas, muchos se han golpeado en callejones sin salida. Edificar métodos no lleva a ningún lugar si no se parte desde un principio con un sincero y constante amor a la verdad. Aunque parezca paradójico, en este punto es menester haber amado la religión en la más tierna infancia intelectual. La religión tiene la misma función que el mito. Son pequeños destellos figurados de la verdad, paneles que ayudan a edificar el hombre que hemos de ser, portadores de la verdad. No obstante, llegado el momento, el hombre debe evolucionar, alcanzar un conocimiento más perfecto: ha que abandonar la religión, la fe, y alcanzar el conocimiento racional, la ciencia.

 

La verdad es pura, es ella misma, por eso la buscamos como fin. Bien decía Nietzsche, "la verdad no tolera otros dioses. La fe en la verdad comienza con la duda sobre todas las demás verdades en que se ha creído hasta ahora". Alcanzar la verdad no es tarea fácil, sin embargo la conciencia es esa fiel amiga que nos ayuda a perseverar. Siempre sabemos si vamos bien, aunque podemos autoengañarnos, pues el hombre tiende a lo fácil por defecto. Despréndete de la religión y abanza ya en el análisis racional cuando silencia tu pensamiento. Se honesto con la verdad, se honesto contigo mismo, o nunca te conocerás.

 

El amor al saber es la única pasión en el hombre que no retrocede ante ningún sacrificio. Hemos nacido para abrazar la verdad. Discurrimos a lo largo de nuestra existencia acerca de las elecciones que tomamos y nos sentimos mal cuando no tomamos la decisión que debíamos. Cuántos creyentes de religiones han rebajado el ideal del verdadero filósofo, han acallado su conciencia y se han eregido en profetas fundamentalistas. Cierto, hay muchos creyentes felices, alegres, pero no es comparable a la alegría del filósofo. El goce de los primeros es fugaz, en apariencia resulta cegador, como si contempláramos una Venus de gran beldad, pero es una alegría que envejece y se arruga igual que una pasa. 

 

El portador de la verdad es un hombre de espíritu libre, que no se arrastra ni difumina en doctrinas que consuelan el alma de las mentes endebles que buscan consuelo en su minusvalía por alcanzar el pleno saber. El hombre sabio abanza en las dificultades,atraviesa los desiertos solitarios de la vida intelectual. El creyente, por su parte, se autoengaña o se deja engañar la mayor de las veces, y se hospeda en las tranquilizadoras ilusiones de la futura Jerusalén Celestial. Cambia la difícil tarea de amar la verdad por un manual de oraciones. ¿Tan poco valor damos a la verdad? Bien decía Nietzsche: "Para conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro corazón, a nuestro amor, a nuestra confianza en la vida. Para ello es necesario grandeza de alma: el servicio de la verdad es el más duro de todos los servicios".

 

Ser libres, no os dejéis arrastrar por los demás. Escuchar vuestra conciencia. No os escondáis en las creencias religiosas que anteponen la irracional fe sobre la crítica veracidad, madre de la razón.  

 

 

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Critica a la religión

La religión no es una experiencia real, sino el resultado de una necesidad producto de la debilidad humana. Lo realmente verdadero es el ateismo. Creer en una realidad sobrenatural es salir del campo de lo empírico para entrar en el terreno de la ilusión, de la quimera. Ciertamente es tentador y recurrente en la historia de la humanidad forjar la existencia de una divinidad que  resuelve los problemas y apacigua los temores existenciales dibujando un final paradisíaco.

 

El mayor temor en el ser humano es la inseguridad en la destinación. No saber quiénes somos ni a dónde nos encaminamos es una angustia demasiado pesada para cargarla por cuenta propia. El hombre necesita autoengañarse, borrar de su mente la posibilidad de que la dimensión verdadera de la existencia sea la tragedia. Porque es la tragedia el elemento que se dibuja con mayor fuerza en la razón del hombre: no sabemos por qué nacemos, pero sí sabemos que vamos a perecer. Y ante la gran aflicción que es la Muerte, nace la religión, instrumento para el consuelo de incapacitados sapienciales, dibujando en un más allá de la vida presente un espacio atemporal, eterno, donde el hombre vivirá.

 

Por otro lado hay que desligar la idea de un dios trascendente con la de un dios personal. Es la existencia de una divinidad supranatural la que permite explicar mejor el origen y la existencia del cosmos y del hombre mismo. Sin embargo hay que dudar mucho de la existencia de un dios que establece una relación interpersonal con el ser humano., No hay ningún dios al que rezar, porque ningún dios ha venido a nosotros, sino al contrario, hemos sido nosotros quienes lo hemos ( o les hemos) forjado al calor del fuego antediluviano.

 

¿Qué puede hacer el hombre? Conocerse a sí mismo con absoluta sinceridad, decidiendo y eligiendo para siempre querer ser él mismo buscando respuestas en su mismo interior y en la contemplación del cosmos y esperar.  

Opus Diaboli

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Hoy nace un nuevo blog, Opus Diaboli, obra del diablo. Nace marcado por su naturaleza humana, pero con la soberbia intención de golpear más duro con el martillo que el señor Nietszche.

 

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